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La «maniobrita» que salió por la culata: El portazo judicial a la carta «fraudulenta» de Hugo Rivera y su ingreso al club de los abogados cuestionados

A veces, creerse el dueño del tablero y pasarse de listo sale carísimo. Eso es exactamente lo que debe estar pensando por estos días el reconocido penalista Hugo Rivera Villalobos. En su afán por salvar al gigante chino Joyvio de una inminente y bochornosa derrota judicial frente al empresario Isidoro Quiroga, el abogado intentó un atajo «creativo» que terminó dejándolo muy, pero muy mal parado.

Todo este sainete judicial comenzó a destaparse a principios de mes, cuando el medio Reportea reveló en un reportaje exclusivo la insólita correspondencia privada entre Rivera y el prefecto inspector Carlos Rojas, jefe nacional de Ciencias Forenses de la PDI. Como la querella por estafa en el caso Australis se caía a pedazos por absoluta falta de pruebas, el abogado decidió que la Fiscalía era un simple estorbo. ¿Su brillante idea? Saltarse al Ministerio Público y conseguir una carta a la medida, cocinada directamente con la cúpula policial, para usarla como su «bala de plata». La contraparte, por supuesto, puso el grito en el cielo y denunció que esta prueba era derechamente «fraudulenta» en su gestación, el fruto de un lobby de pasillo y no de un peritaje legal.

Pero la «maniobrita» simplemente no le resultó. Cuando Rivera llegó al Cuarto Juzgado de Garantía de Santiago intentando usar este as bajo la manga para forzar la reapertura del caso, se llevó un portazo monumental. La jueza no se tragó el truco de magia: le restó toda validez a la cuestionada misiva, rechazó tajantemente reabrir la investigación y, para rematar la faena, cerró la arista penal de una vez por todas, levantando las cautelares que pesaban sobre Quiroga. Un papelón jurídico de proporciones épicas para un litigante de su estatus.

Claro que, para quienes tienen memoria, las tácticas de Rivera no son ninguna novedad. Basta recordar su «hazaña» en 2014, cuando defendió a Martín Larraín por un atropello con resultado de muerte. En medio de ese mediático juicio, ocurrió un milagro sumamente raro: la viuda de la víctima se desistió de la querella de un día para otro. Luego se supo que la varita mágica había sido un pago extrajudicial de 10 millones de pesos, orquestado a espaldas del abogado querellante, quien lo terminó denunciando por graves faltas éticas. Al parecer, cuando el derecho no alcanza, la chequera y los trucos sucios asoman como el plan B favorito.

Con este nuevo traspié, Rivera parece estar validando su membresía vitalicia en ese tristemente célebre club de abogados de la élite que confunden la cota mil con el Monte Olimpo. Hablamos de próceres intocables como Luis Hermosilla, el inefable protagonista del «Caso Audios» y rey de las coimas y favores VIP, o Gabriel Zaliasnik, que en sus chats filtrados exponía cómo se coordinaban presiones inaceptables sobre jueces para torcer fallos. Todos ellos juran dar cátedras de probidad urbi et orbi, pero en la práctica terminan operando como si el Código Penal fuera apenas una sugerencia para el resto de los mortales.

Al final del día, a Hugo Rivera la creatividad le salió por la culata. No solo perdió definitivamente la causa de su multimillonario cliente, sino que gracias a la revelación original de Reportea, ahora es él quien está bajo la lupa. El fiscal nacional ordenó una investigación de oficio, por lo que este insigne penalista ahora deberá explicarle a la justicia si sus cartitas a la PDI constituyen delitos o tráfico de influencias. Definitivamente, un autogolazo de media cancha que le costará muy caro olvidar.